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      Buen Vivir no es “vivir mejor”: es recuperar la vida en plenitud

      ¿Qué es realmente el Buen Vivir?

      Una pregunta que parece sencilla, pero en un mundo lleno de llamados al consumo asociados al Buen Vivir, la respuesta puede ser más compleja de lo que imaginamos.

      Para quienes estamos inmersos en el cambio de paradigma, en el retorno al origen de la vida plena que algún día vivimos en la tierra y en la búsqueda del horizonte para el Buen Vivir en armonía con la naturaleza y con nosotros mismos, parece fácil responder en qué consiste.

      No es una nostalgia que idealiza o clama por el pasado, sino una búsqueda de la historia que nos permita recuperar los horizontes de vida que el paradigma del desarrollo, la acumulación y el consumo ha silenciado.

      En este mundo de confusiones y consumos, de búsquedas en internet y de respuestas fáciles que una inteligencia artificial, que no comprende la vivencia real, nos ofrece, también encontramos respuestas que confunden. Por ejemplo, hay agencias inmobiliarias, constructoras, bares, restaurantes y similares que ofrecen el Buen Vivir como reclamo y nombre inspirador para las ventas, aunque poco tienen que ver con la vida plena ancestral.

      Es que suena muy bien encontrar el Buen Vivir en un instante de consumo de bienes y servicios, como si fuera una leve pastilla de felicidad que nos hará olvidar el mundo caótico en el que vivimos o quizás nos permita sentirnos más cerca del tener algo para alcanzar la riqueza material.

      El Buen Vivir está lejos de ser un concepto reducido al bienestar individual, porque es un paradigma de vida en común unidad, con relaciones armónicas con el todo al que pertenecemos y con aquello que nos rodea. Se trata de encontrar el equilibrio personal para irradiarlo en el bienestar familiar, comunal y social, en la reciprocidad en las relaciones y en el goce de conectar profundamente con la naturaleza.

      Por eso, cuando hablamos de Buen Vivir no nos referimos a una mejora ilimitada de las condiciones materiales, ni a una vida “mejor” entendida como tener más. Tampoco es un eslogan de marketing político que vende ilusiones ajenas a la esencia del buen vivir. Nos referimos a una vida en plenitud, en equilibrio y en reciprocidad. La que viene del sumak kawsay kichwa o el suma qamaña aymara, cuyo significado se aproxima más a “vida en plenitud” o “vida plena” que a “vivir mejor”. Tampoco se agota en definiciones únicas, pues el Buen Vivir se expresa en diversas formas y comprensiones de la vida.

      Esencialmente es reconectar con nuestra esencia natural, esa que nos permite sentir y vibrar con la Pachamama, con la Madre Tierra a la que pertenecemos, sabiendo que, al ser parte de todo, podemos expandirnos física, espiritual, energética y anímicamente. Pero esto queda muy lejos del materialismo que se centra en el estuche, en lo tangible, y desconoce lo intangible.

      Ese mundo invisible que se respira cuando nos detenemos a sentir la brisa en la piel. El calor del sol que acaricia la piel y que nos llena de luz si miramos arriba para recibir los rayos con los brazos abiertos y las palmas de las manos abiertas, dispuestas a abrazar el cuerpo y a animar el corazón. Esa energía que se siente cuando se enciende el fuego natural y sagrado para celebrar los ritmos naturales de la vida. La alegría de danzar al ritmo del tambor, sabiendo que celebramos el latido de tierra.

      Son tantos los instantes en los que podemos hacer del Buen Vivir una realidad cotidiana.

      Ello implica ser conscientes de la riqueza de la vida en la tierra. De la abundancia de la naturaleza, la riqueza de los alimentos sanos elaborados con el amor de la familia, del abrigo del fuego en el hogar animado por las voces de los ancestros y las risas de los niños.

      De todos los momentos en los que agradecemos la vida con los pagamentos y ofrendas, que son pequeños actos de reciprocidad que hacen posible el Buen Vivir.

      De las pausas que bajan el ritmo de la vida trepidante en la que corremos sin saber adónde vamos a llegar, como si la meta fuera inalcanzable e inagotable, impidiéndonos saborear los instantes de la plenitud de vivir en la libertad del ser que rompe con la esclavitud de tener.

      Es descubrir distintas formas de vivir en plenitud, porque el Buen Vivir no es una fórmula única ni tiene recetas de felicidad. Es habitar la vida en consciencia cada día.

      Es poner en el centro la vida: la de la tierra, la de la comunidad, la familia y la nuestra. Recuperar el cuidado esencial que no se puede comprar, por mucho dinero que se tenga. Porque si en algo se diferencia el Buen Vivir es que, cuando terminan los ciclos de vida, tenemos a la comunidad para apoyar, escuchar y cuidar a los mayores, honrando su sabiduría como la riqueza más profunda de una comunidad sana. Eso no se puede pagar ni comprar.


      Soy una investigadora social formada en la investigación acción participación, enfoque que impulsa la capacidad de transformación de las personas y los colectivos. Estudio y practico el Buen Vivir, elaboré mi tesis doctoral en Estudios sobre el Desarrollo sobre esta propuesta de cambio de paradigma de vida para la humanidad y nuestro amado planeta. Creo que es tiempo de cambiar los viejos esquemas que nos dividen y limitan como personas, sociedades y civilizaciones, ahora es el momento de ser mucho más que razón para empezar a vivir en armonía con los latidos del corazón, el de la tierra, el de cada persona y el del sol.

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