Empieza un año más del calendario gregoriano, ese que mide el tiempo lineal y rige la vida civil de la mayoría de los países occidentales, el que marca el ritmo productivo, define la actividad semanal, los días de descanso, las fechas festivas, las votaciones electorales, el pago de los impuestos, las jornadas laborales, etcétera.
Según ese calendario, después de las doce campanadas del año que terminó, empieza un nuevo ciclo de 365 días productivos y civiles, en los que la vida se concreta en el hacer aunque usualmente olvida la esencia del Ser. Entonces empezamos a contar otros doce meses, buscamos las fechas de descanso y los días de vacaciones, mientras tratamos de organizarnos para otro año más que, según pasa el tiempo, cada vez se va más rápido.
Y así contamos los días, semanas, meses y años. Los instantes se convierten en la búsqueda de la sincronía para vivir al ritmo del tic tac del reloj que marca el tiempo lineal, ese que pasa veloz y sin saber cómo nos muestra que casi siempre vamos tarde. Hora a hora, día a día, las hojas del calendario gregoriano vuelan como la vida misma sin darnos cuenta que parecemos máquinas guiadas por referentes ajenos que normalizan y rigen el tiempo de la existencia.
Por fortuna existen otras formas de contar y medir el tiempo, como los calendarios ancestrales de pueblos, civilizaciones y culturas que tienen un enfoque más amplio de la vida y la existencia, que trasciende lo meramente material. Se trata de cuentas del espacio tiempo que miden los ciclos cósmicos y telúricos de la vida, en relación con el todo al que pertenecemos y por tanto dan un sentido más profundo a la existencia humana.
Quizás el calendario más reconocido es el maya, aunque es más de una cuenta del espacio tiempo -con ruedas cortas, civiles, sagradas y largas que se relacionan entre sí-, y por tanto abarca distintos ciclos de la existencia planetaria, cósmica y humana. Aunque es conocido por su nombre, es poco comprendido su profundo sentido.
Con perspectivas similares están otros calendarios, como por ejemplo el inca, aymara, azteca, mapuche, hopi y muchas otras ruedas del espacio tiempo que observan los movimientos de la tierra en relación con el gran sol central del universo, así como los ciclos para el ser humano. Según estos calendarios, mucho más antiguos que los dos mil años del tiempo colonial y gregoriano, estamos viviendo un espacio tiempo de transición y transformación de la historia y de la vida en el planeta llamado tierra.
Para los antiguos, como se llama a las civilizaciones anteriores a los incas, estamos transitando el espacio tiempo de Pachakutiq, que es un cambio y transformación de la vida. Es como si la humanidad saliera de la oscuridad, de la que también hablan los mayas y los hopis, para empezar una etapa de renovación de la vida armónica y equilibrada con los ritmos naturales de la madre tierra (pachamama) que se sincronizan con los movimientos cósmicos manifestados en el padre cielo (pachatata).
En esta medición del espacio tiempo, los seres humanos somos parte de los ritmos cósmicos telúricos, cuya celebración se realiza en momentos de encuentro con la naturaleza entendida como la conexión con el todo al que pertenecemos. Así podemos entender los ciclos y los cambios que nutren la existencia, incluida la humana.
Esta perspectiva nos permite comprender movimientos profundos que van más allá de los titulares efímeros de las noticias diarias y semanales, teniendo un enfoque amplio de los acontecimientos que son parte de las señales de los cambios sincrónicos con el fluir de la existencia.
Justo en momentos en que empieza una cuenta de tiempo gregoriano como el año 2026 que evidencia la activación de movimientos geoestratégicos, movilizaciones sociales y cambios en las lógicas del tablero de juego planetario, es clave mantener la calma recordando que se trata del manifestaciones de cambios que serán tan profundos como queramos y podamos construir como humanidad.
La profecía hopi, igual que los códices mayas anuncia un tiempo de transformación tan profundo que puede significar el fin de la vida tal y como la conocemos. Realmente es un momento en el que el ser humano ha de decidir qué camino seguir, para poner fin a la forma de vida que atenta contra la naturaleza (incluida la humana) o bien para recuperar el sentido esencial de la existencia armónica y equilibrada.
Tal y como lo dijeron las profecías ancestrales, llegará un momento en el que la humanidad tendrá que decidir que camino seguir. El momento es ahora: ¿seguimos por la vía del paradigma que ha dominado en los últimos siglos la historia planetaria? O ¿construimos los cambios desde nuestra consciencia expandida para comprender que el caos es el inicio de la transformación humana?
Si quieres saber más sobre el Pachakutiq, te recomiendo el video documental de Ñaupany Puma, por su profundidad y belleza.
Dicen los pueblos originarios que estamos en la etapa de volver al origen, de recordar quienes somos como colectivo humano y como seres capaces de recuperar el sentido común de la vida en el planeta. Es que estamos en un espacio-tiempo en el que los seres humanos podemos y debemos comprender los ritmos telúricos y cósmicos, ante los que somos insignificantes, para empezar a vivir nuevamente en armonía con la vida y no en contra de ella.
Estamos en el fin de una era de oscuridad y el inicio de una de luz. Más allá del significado espiritual y galáctico de estas palabras, es evidente que en
términos prácticos la vida en la tierra está en una múltiple crisis, al borde del colapso que puede ser necesario para realizar los cambios profundos en un sistema que de otra manera se mantendría en su ritmo devastador de la vida..
De hecho, se habla del colapso civilizatorio o el fin del modo de vida que se trazo como referente en los últimos siglos. La existencia de múltiples crisis es innegable, así como la ausencia de salidas viables para evitar el colapso del sistema de vida que se había establecido como el modelo a seguir, pero que ahora fracasa haciendo inalcanzable el anhelado progreso y el sueño del bienestar se está esfumando para la clase media que desaparece mientras la riqueza y la pobreza a un ritmo alarmante.
Por eso se habla de una crisis sistémica que puede enunciarse en el aumento de la pobreza y de la riqueza, con una gran brecha de desigualdad, con la pérdida de derechos humanos, la baja en la calidad de vida, el incremento de las migraciones y la persistencia de guerras. A esto se suma la creciente contaminación del planeta, la deforestación, la sobre explotación de la tierra, la industrialización de los alimentos, el agotamiento de los recursos naturales, las crisis sanitarias y un largo etcétera que pone en evidencia el fin de una era y la urgente necesidad de crear una nueva.
La múltiple crisis que anuncia el colapso se ha extendido en el planeta, incluso en países que antes se consideraban socialistas o comunistas. Si analizamos la situación planetaria, es evidente que hay señales de colapso de un sistema que es insostenible, pues hasta la democracia está en cuestión junto con los sistemas de representación y el deterioro institucional que se expande igual que la corrupción y la falta de credibilidad en el contrato social.
Puede ser que estemos ad portas de un colapso civilizatorio similar a otros que han sucedido en la historia de la humanidad. Imperios y civilizaciones han entrado en decadencia, quizás como parte de ciclos o por el fin de modelos insostenibles. No solamente se trata de insostenibilidad ambiental, sino en todos los aspectos de la vida y en sentidos que reflejan el bienestar (o malestar) de las sociedades; tales como la justicia, la equidad, el reparto de los bienes, el acceso a los bienes y servicios, al valor del trabajo de todos los seres humanos y al ejercicio de los derechos que supuestamente son universales.
Entre otras cuestiones, el sistema es insostenible porque se construyó sobre una estructura piramidal y jerárquica, con una base de trabajadores que sostienen la economía, aunque ello no signifique el acceso a los beneficios de un sistema equitativo y justo. La ropa, la educación, la salud, todo lo que se supone que es un derecho y una puerta para el bienestar, se reduce cada vez más.
La pirámide se estrecha en la cúspide en la que se ubica el 1% de la población mundial, que concentra el 95% de la riqueza (Oxfam, 2024); y esto cada vez va a más para ellos y menos para los demás. Incluso teniendo trabajo, no se cubren las necesidades básicas, ni siquiera en la vivienda en un planeta que cada vez hay más gente viviendo en las calles, mientras crece la concentración de la riqueza.
Hoy en día tener dinero no significa trabajar más o mejor. Simplemente es un tema de escala y concentración de la riqueza, en el que puede ser que quienes menos trabajen sean más ricos y por el contrario, quienes más trabajen ganen menos (como los mineros, obreros, empleadas domésticas, vigilantes o guardias de seguridad).
Puede ser que miremos a otro lado y cada quien piense que mientras tenga sus necesidades cubiertas no hay problema. Si yo tengo mi casa, mi techo, mi trabajo, mi ropa, mis alimentos… yo, yo, yo, desaparece la palabra nosotros.
Pero hay algo interesante en este tiempo y es que cada vez somos más yoes los que no podemos sostener este sistema, bien sea por carencia de recursos o por la consciencia del absurdo que estamos nutriendo. Aunque Yo tenga todas mis necesidades cubiertas, cada vez es más difícil mirar a otra parte porque sabemos que sea a como sea las futuras generaciones estarán afectadas e involucradas en el absurdo del malvivir que crece igual que el sin sentido de esta época que plantea un panorama caótico.
Quizás por eso el colapso sea necesario para que podamos empezar a entrar en la época y en el momento del Pachakutiq. El momento de la renovación, del cambio, tan necesario para que renazca eso tan bello que es el bien vivir, la vida plena en reconciliación con la naturaleza, pero también con nosotros mismos como seres humanos, para que no solamente seamos unos egoístas, a quien solo nos importe nuestro bienestar, para pensar ahora en el bienestar de todos, de todos, el tuyo, el mío, el de todos los habitantes de este hermoso planeta.
El Buen Vivir es un horizonte de vida para encontrar la salida, que implica mirarnos adentro porque para Ser en Colectivo hemos de cambiar el enfoque del individualismo, la competencia y el egocentrismo para mirar hacia el nosotros, en común unidad. Con la disposición para decolonizar la mente, las creencias y referentes, pasando del yo antropocéntrico al nosotros biocéntricos, a ser colaborativos y crear vías postdesarrollistas que reconozcan la espiritualidad como la esencia del ser humanos y la salida hacia otra forma de vivir la vida, en consciencia y coherencia con la madre tierra.
Ahora es cuando podemos volver a conectar con el todo del que somos parte para crear alter nativas, desde la acción de cada uno que como gotas de agua nos unimos para crear mareas y océanos de cambio, que rieguen la tierra de abundante amor, transparencia, afecto, correspondencia, reciprocidad y todo aquello que nos permita Ser en esencia seres transformadores de la realidad.
Y si has llegado hasta aquí, la buena noticia es que Ahora es cuando hemos de actuar construyendo el buen vivir como la utopía viable y real que se nutre de acciones cotidianas, que resignifica la vida y que nos permite sentirnos participes del cambio que queremos y que somos. Porque podemos cambiar el foco para dejar de pensar solo en mi, en el Yo, para transformarnos en la acción colectiva del Nosotros, en común unidad.
Para eso esta página visualiza el año 2026 con la fuerza renovadora que motiva a la acción transformadora, con la certeza de que Somos creadores de cambios y de realidades, que tenemos el conocimiento y el saber para Ser conscientes del espacio tiempo que estamos viviendo, más allá de las hojas de un calendario.
Así que muy pronto anunciaremos nuevas acciones para aprovechar este espacio de encuentro, con reuniones, clases y charlas sincronizadas con los ritmos cósmicos y planetarios para encontrarnos en este tiempo de cambio.
